La participación en el ser no es ciega sino que es iluminada por la conciencia. A través de la iluminación de su conciencia el hombre se descubre a sí mismo como participe del ser. En su existencia, el hombre intuye y sabe que participa del ser.

Pero el hombre no está solo flotando en la nada. El hombre existe en el cosmos. Y en ese cosmos, o mundo existen sociedades. El hombre pues participa de una comunidad, dicha comunidad la constituyen Dios y el hombre, el mundo y la sociedad, ellos forman la primordial comunidad del ser.

Dicha participación del hombre en el ser no es al estilo de una sociedad mercantil que puede ser abandonada (i.e. tengo participación en una empresa y puedo renunciar a ella para continuar mi existencia en otro lado), sino más bien la participación del hombre, es la existencia misma. Por eso en dicha participación el hombre no es un mero espectador, más bien está obligado a ser un actor del drama de la existencia y está obligado a jugar su rol, a veces sin conocerlo e incluso sin la certeza de saber quién es el mismo.

El hombre participa de la comunidad del ser porque existe, y existe precisamente porque es capaz de experimentarse a sí mismo y de utilizar lenguaje y llamar a esta conciencia experimentada con el nombre de "hombre". Y al nombrarse hombre el hombre se descubre como miembro distinguible (una parte) en la comunidad del ser. Aunque el hombre coloca la piedra de boveda del conocimiento de sí mismo el evocarse con un nombre, (el nombre de hombre) la parte del ser que se llama a sí mismo: hombre, podrá conocerse de manera completa sólo si se toman en cuenta como un todo la comunidad del ser (Dios y hombre, mundo y sociedad) a través del drama dentro del tiempo, (es decir de la historia).

Ansiedad y la creación de símbolos para conocerse a sí mismo.

El hombre se da cuenta que su existencia es sólo una parte de un todo. Y al carecer de conocimiento de ese todo del cual forma parte es lógico que ignore conocimiento esencial sobre sí mismo   La situación de ignorancia con respecto al centro de la existencia le genera al hombre una ansiedad de existencia. Sin embargo el hombre no reprime el significado de su existencia en las torturas de la ansiedad sino que va creando símbolos que pretenden hacer inteligible las relaciones y tensiones entre los distinguibles términos en el campo del ser.

Al principio no hay mucha claridad que vaya más allá de la experiencia de la participación, de hecho esa claridad parcial genera más confusión que orden, sin embargo, incluso en esa confusión hay suficiente método para distinguir las propiedades típicas en el proceso de simbolización.

Propiedades típicas

  1. La primera de estas propiedades típicas es la experiencia de la participación. No importa lo que el hombre sea, se descubre una parte del ser.  El gran caudal del ser atraviesa al hombre y esto se experimenta con tal intimidad que el hombre cancela la separación de las substancias. En este lugar todo lo que rodea al hombre tiene fuerza, sentimientos, voluntad. En este lugar las plantas y los animales pueden ser hombres y dioses, los hombres pueden ser divinos y los dioses son reyes. El cielo es Horus y el sol y la luna son sus ojos.
man holding drum
En las tribus antiguas, donde no hay mucha claridad que vaya más allá de la experiencia de la participación la experiencia del ser se experimenta con tal intimidad que el hombre cancela la separación de las substancias creando genera más confusión que orden.

2. La segunda propiedad típica es la preocupación por lo transitorio y lo perdurable. El hombre se da cuenta de que las diferentes existencias se distinguen en sus grados de permanencia. Un hombre muere, otro más le sobrevive, la sociedad sobrevive a los hombres particulares, y las sociedades pasan mientras el mundo permanece. Y el mundo es sobrevivido por los dioses e incluso creado por ellos.

El ser exhibe unos lineamientos en la jerarquía de la existencia, desde el hombre efímero hasta los dioses que perduran. Esta experiencia de jerarquía es un importante dato del orden del ser, que se convierte en una fuerza que ordena la existencia del hombre. Un rayo de sentido (meaning) ilumina el rol del hombre en el drama del ser, en donde el éxito del actor depende de la asimilación o en el ajustarse a los más perdurables ordenes de la sociedad, el mundo y Dios. La vida humana es corta y deja de ser, pero el ser del que experimentamos participación no cesa de existir. Al existir experimentamos la mortalidad y en otro  sentido (en el ser) experimentamos la inmortalidad. En nuestra separación como existentes experimentamos la muerte en nuestra participación con el ser experimentamos la vida. La permanencia es una propiedad del ser. La transitoriedad es una propiedad de la existencia tal como la experimentamos. Si examinamos el misterio de la transitoriedad como si la muerte fuera una cosa, nos encontramos con el vacío y la nada. Al cosificar el misterio de lo perdurable no encontramos la vida eterna sino dioses inmortales y una existencia en el Olimpo. En las experiencias de la transitoriedad y de la permanencia se nos revela algo del misterio del ser.