El cuerpo humano es un magnifico templo que encierra en sí un altar. En este altar debería estar Dios. Más Dios no está donde hay corrupción. Por tanto el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios. Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad, el hombre, en la bestialidad de la fornicación se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

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